El respeto a la salud del cuerpo

El respeto al propio cuerpo es una
exigencia de la caridad, pues el cuerpo es templo del Espíritu Santo (cfr.
1 Co 6, 19; 3, 16ss.; 2 Co 6, 16), y somos
responsables –en lo que de nosotros depende– de procurar la salud corporal, que
es un medio para servir a Dios y a los hombres. Pero la vida corporal no es un
valor absoluto: la moral cristiana se opone a una concepción neopagana que
promueve el culto al cuerpo , y que puede conducir a la
perversión de las relaciones humanas (cfr. Catecismo , 2289).
«La virtud de la templanza conduce
a evitar toda clase de excesos , el abuso de la comida, del alcohol,
del tabaco y de las medicinas. Quienes en estado de embriaguez, o por afición
inmoderada de velocidad, ponen en peligro la seguridad de los demás y la suya
propia en las carreteras, en el mar o en el aire, se hacen gravemente
culpables» ( Catecismo , 2290).
El uso de drogas es
una falta grave, por el daño que representa para la salud, y por la huida de la
responsabilidad de los actos que se pueden realizar bajo su influencia. La
producción clandestina y el tráfico de drogas son prácticas inmorales (cfr. Catecismo ,
2291).
La investigación científica no puede legitimar actos que en sí mismos son
contrarios a la dignidad de las personas y a la ley moral. Ningún ser humano
puede ser tratado como un medio para el progreso de la ciencia (cfr. Catecismo ,
2295). Atentan contra este principio prácticas como la procreación artificial
sustitutiva o el uso de embriones con fines experimentales.

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